Parte 1 - Parte 2 - Parte 3
Claire tiene veinte años, diez meses y dieciséis días cuando se da cuenta que está más furiosa de lo que se ha sentido en toda su vida. No se detiene a pensar los motivos, simplemente arroja sus pertenencias en un montón de cajas de cartón y un par de bolsos y tira todos los paquetes de cualquier manera en el baúl de su camioneta. No le importa que la llovizna amenace con convertirse en aguacero ni que el cielo cruja con el retumbar de truenos cada vez más cercanos, y no le presta atención alguna a los gritos de Mark, encaramado en el alféizar de la ventana del segundo piso, llamándola con creciente exasperación y, quizás, algo de histeria. Está tan, tan furiosa, tan cercana a una implosión súbita que no siente las gotas de agua, cada vez más gordas, resbalando por su cuello para caer dentro de su camisa, no siente los cabellos negros apelmazados sobre su rostro, sus pestañas cargadas por gotas que no son lágrimas (aún).
Sólo respira cuando se mete a la camioneta y tiene el placer de apretar el acelerador para alejarse del departamento que ha compartido con Mark por tres meses (tres meses tirados a la basura, más los seis meses anteriores de noviazgo, en total casi nueves meses desde que lo conoció hasta este instante exacto en sus vidas en que ella decide – o quizás él decidió, ¿quién sabe? – que esto no tiene ni pies ni cabeza y que por una vez el show no puede continuar). No sabe a dónde está yendo, sólo sabe que necesita irse lejos, muy lejos de Mark y de cualquier persona que conozca antes de que ceda al impulso irrefrenable de retorcerle el cuello al primero que se le cruce.
Cuando ya interpuso al menos dos o tres kilómetros entre el campus de la universidad y su camioneta, Claire permite que la aguja del velocímetro descienda hasta casi detener el coche junto a la vereda. Sus manos tiemblan, imposible saber si a causa del frío del mes de noviembre o la furia a punto de rebalsar su cuerpo, pero poco a poco recupera un atisbo de racionalidad.
¿A dónde ir? Podría quedarse a pasar la noche en el cuarto de alguno de sus amigos, pero uno por uno los va descartando por distintos motivos. Fritz tiene que entregar un proyecto ese mismo lunes y no apreciará la interrupción, Stephanie ya tiene a la prima de su novia durmiendo en el sofá, Guadalupe se ha ido a pasar el fin de semana con sus padres y Logan siempre tiene a una u otra chica instalada en su cuarto. Todos los demás son amigos que comparte con Mark o gente con la que se lleva bien pero con la que no tiene la suficiente confianza.
Llamar a Mandy queda descartado porque por algún motivo misterioso a su hermana nunca le ha gustado Mark y no se resistirá a echarle en cara un “te lo dije” y se cortaría una mano antes de pasar la vergüenza de pedirle ayuda a sus padres. Da vueltas sin dirección con el coche, hasta que su GPS instintivo la pone en camino en una dirección que conoce demasiado bien.
Se detiene ante un edificio de departamentos harto familiar pese a que no lo ha visto en meses (sólo en sus sueños, sólo en sus sueños) y espera a que se apague el motor y luego espera un poco más. Esperaría eternamente allí hasta fosilizarse, pero ve que se enciende una luz en la segunda ventana contando desde la izquierda en el tercer piso y con un resoplido de impaciencia abre la puerta de la camioneta con violencia y la cierra de un portazo. Se ha comprado esta camioneta híbrida con sus propios ahorros y la adora con toda su alma, pero en este momento la ira que la invade es como un cañón sin amarrar disparando en todas direcciones. Ni siquiera nota los baldes de agua que le caen encima mientras cruza el patio delantero a grandes zancadas. Todavía tiene la llave de la puerta delantera enganchada en su llavero, y avanza como un tanque por el pasillo de parquet descolorido y sube de dos en dos los escalones, tres pisos por escalera, sus zapatillas mojadas chirriando todo el camino.
Golpea la puerta (aunque más correcto sería decir que la aporrea) hasta que se escucha una voz empapada de sueño a través de la madera:
- ¿Quién es?
Reconocería esa voz en cualquier parte, en cualquier circunstancia y por un momento su ira titila como la llama de una vela y está a punto de desvanecerse… para luego volver con aún más fuerza.
- Soy yo, Claire. ¿Me vas a abrir la puerta esta vez o vas a inventarte alguna excusa estúpida como todas las veces anteriores?
¿Es su imaginación o tarda un lapso ridículo en abrir esa maldita puerta?
- Mira, Claire, éste no es el mejor momento… - comienza, su pelo aún húmedo, el torso desnudo, los ojos cargados de sueño, pero se detiene cuando la mira con un poco más de atención. – Mierda, Claire, ¿te agarró el huracán Sofía?
Yo soy el huracán, piensa Claire pero no lo dice porque ni siquiera ella es tan melodramática. Pasa por su lado como un vendaval y él está demasiado shockeado para intentar detenerla. Nadie podría culparlo. Con los mechones oscuros chorreando agua por su frente, la ropa empapada pegada al cuerpo y la mirada enajenada de una estudiante de pre-medicina que se ha pasado una semana casi sin dormir subsistiendo a base de café y azúcar... Una banshee salida del noveno círculo del infierno probablemente tendría un aspecto más amistoso.
A Claire, en este preciso instante, su aspecto le importa un rábano. Nunca fue de preocuparse demasiado por menudencias como ésas, menos aún cuando estaba con Quil, quien la conoció con manos regordetas manchadas de melaza e hilillos de baba cayéndole por el mentón, lidió con ella durante esa época horrenda antes de pegar el estirón y cuando sus padres la forzaron a usar aparatos en los dientes, la ha visto despeinada, empapada de barro de pies a cabeza, envuelta en una camisa vieja de su padre o con los ojos cargados de sueño... No hay forma, por más espantosa que fuera, en la que Quil Ateara no la haya visto antes.
Exceptuando, quizás, poseída por la furia que le corre ardiendo por el sistema circulatorio en este momento.
Una persona normal, al enfrentarse a alguien con la expresión asesina de Claire, daría un paso atrás. O quizás se apresuraría a anteponer un par de kilómetros entre su persona y el claro peligro delante de ella. Quil no sólo no es una persona normal, también debe ser suicida, porque en vez de alejarse se acerca y la preocupación en sus ojos y su voz no tiene nada que ver con el instinto de autopreservación, no, la preocupación es toda para Claire, porque aún después de meses de evitarla como a la peste bubónica, su primer pensamiento siempre será para ella.
- Claire, ¿estás...? – Tiene el buen tino de no completar la frase con un “bien” porque la respuesta a esa pregunta es bien clara – ¿Qué te pasa?
Su tono suave, preocupado y atento sólo consigue enfurecerla aún más. Intenta responder, el aliento no le llega a sus labios. Toma una gran bocanada de aire y agita los brazos como un molino y de alguna manera, las palabras son impulsadas fuera de su boca.
- Tú me pasas, Quil Ateara. Tú.
La estupefacción de Quil es, dentro de todo, bastante comprensible. O lo sería, si ella no supiera que él sabe que ella sabe que... En algún momento, sus pensamientos empiezan a chocar unos con otros como trenes descarrilados a toda velocidad y tiene que empezar a dar vueltas por la habitación, sus zapatillas chirriando y dejando charcos en el suelo antes de que la cabeza le estalle. Respira agitadamente y sabe que ésta no es la mejor manera de lidiar con esto, sospecha que probablemente sea la peor manera, pero ya intentó usar la razón, ya intentó tener una conversación normal con él y sólo resultó en un millar de mensajes en su contestador automático jamás contestados, ya intentó la vía diplomática sólo para encontrarse con los ojos llenos de comprensión y lástima de la tía Emily y de cuanto miembro de la manada a quien Claire decidiera atosigar para que le explicaran qué carajo le sucedía a Quil...
Claire está harta de ser razonable, harta de ser diplomática, harta de pretender que puede seguir con su vida normal cuando nunca ha sabido el significado de esa palabra, no desde que tenía dos años, siete meses y cinco días y la primera palabra que salió de sus labios no fue ni papá ni mamá sino el nombre del joven (extraño, que alguna vez Quil le haya parecido tan mayor) frente a ella que la mira casi con miedo, como si fuera una fiera herida a punto de atacar.
No que Quil Ateara le tenga miedo a las fieras, precisamente. Lo cual hace su cobardía al no enfrentarse a Claire mucho más enervante.
- Claire, yo... – Y lo deja ahí, porque no debe ser fácil poner en palabras algo como “sí, soy tu mejor amigo desde que tenías dos años y he estado a tu lado en cada paso que has dado desde entonces pero por alguna razón bizarra hace meses que no te dirijo la palabra y me escondo cuando vienes a aporrear mi puerta para ver si sigo vivo”.
Debería existir un libro para situaciones como ésta.
No que Claire tenga ganas de escuchar excusas, no a estas alturas. No, si ha venido hasta acá no ha sido para pedir explicaciones (hace meses que dejó de esperarlas), ha venido porque tiene que descargarse antes de hacer combustión espontánea y desde que dijo su primera palabra (dieciocho años, tres meses y once días atrás) Quil siempre ha sido la persona a la que corría cuando las palabras necesitaban barbotar de sus labios antes de estallar.
- Mark cortó conmigo – suelta, aunque no sea ni remotamente lo que más le importe en este momento – O a lo mejor corté yo con él antes, no sé – agrega, antes que los labios crispados de súbita furia de Quil puedan emitir palabra alguna – Da igual, ¿verdad? En cualquier caso game over, c’est fini, sayonara, si te he visto no me acuerdo. ¿Y sabes por qué? No, claro que no lo sabes – continúa, caminando en círculos, agitando los brazos para darse impulso y sacarlo todo afuera – No puedes saberlo, si hace meses que no devuelves mis llamadas, ¿verdad?
Él abre la boca pero ella corta sus palabras con un gesto. Sin excusas.
- No lo sabes ni podrías adivinarlo nunca porque, ¿sabes? Mark era jodidamente perfecto.
Y lo más triste del asunto es que ni siquiera está exagerando para lastimarlo: Mark de veras es jodidamente perfecto. No como Josh, el esbozo de novio que le cayó en suerte cuando tenía quince años porque se lo presentó una amiga y a esa edad era lo bastante ingenua como para creerse sus palabras dulces y sus miradas tiernas. El fiasco estalló espectacularmente cuando Josh fue descubierto con las manos en la masa, o mejor dicho bajo la falda de la profesora de Geografía. Claire tuvo que rogarle a Quil que no le rompiese la cara... porque quería hacerlo ella misma.
Mark es bueno. Es comprensivo. Nunca la presiona para que le cuente cada detalle de su vida y cada pensamiento que se le cruza por la cabeza, pero la escucha cuando ella necesita desahogarse por menudencias. Tiene sentido del humor y una sonrisa que le forma un hoyuelo en la mejilla, estudia tan duro como ella pero eso no le impide divertirse, es atractivo y hasta baila pasablemente bien (a diferencia del infortunado Eddie Moore, su pareja para el baile de graduación del secundario que se pasó la noche pisándola y disculpándose. Claire se lo hubiera perdonado todo si su conversación no hubiera resultado aburrida al punto de preguntarse si el ponche no tendría somníferos).
Mark es todo lo que una chica con dos dedos de frente podría soñar.
Claire no tiene esos dos dedos de frente y es todo culpa de Quil.
Claramente.
- Supongo que se cansó, ¿sabes? – sigue Claire, porque no puede frenar, no hasta que haya salido todo, pero la ira va desangrándose con cada una de sus palabras hasta desfallecer – Se cansó de estar siempre allí para mí cuando yo no estaba allí, cuando yo nunca podría haber estado allí porque... porque yo estaba aquí, ¿entiendes? Tú no me dirigías la palabra, no contestabas a mis llamadas y me cerrabas la puerta en la cara y aún así... En todos estos meses, todas estas semanas, no pasaba un día, un minuto en el que no me preguntara qué te pasaba, porqué ya no querías estar conmigo, no pasaba una hora del día en que mi mente no estuviera en este departamento que, no te ofendas, podrías limpiar un poco – agrega, pateando con la zapatilla mojada un montón de ropa arrugada en el suelo.
Deja de dar vueltas como un trompo desquiciado por un momento, un suspiro que parece provenir de algún lugar recóndito de su pecho escapando de sus labios.
- Supongo que se cansó de ser un sustituto. De estar siempre en el lugar de... No me lo dijo así, pero... – Se aparta un mechón húmedo de la frente y sus ojos se clavan en los de Quil. – ¿Por qué, Quil? Solíamos decírnoslo todo. ¿Qué pudo haber pasado que fuera tan terrible que no pudieras contármelo, que prefirieras hacerme a un lado antes que enfrentarme? – Se abraza el pecho, en parte por el frío que sus ropas húmedas empiezan a calarle en los huesos, en parte porque pocas veces en su vida se ha sentido tan vulnerable como en este momento - ¿Fue... fue algo que hice yo? ¿Es mi culpa?
Y no puede evitar que su voz se quiebre en la última palabra porque no importa qué tan enojada alguna vez haya creído sentirse, sabe que por dentro está sangrando desde que Quil la apartó de su vida y siquiera sospechar que pudo haber sido su propia culpa es más de lo que ella puede soportar.
El dolor en la voz de Claire quiebra algo vital en los ojos de Quil, quien nunca pudo soportar verla llorar, quien sufría con cada una de sus heridas más que ella misma.
Con sólo dos zancadas deshace la distancia entre ellos, sus manos ardientes aferrándola por los hombros, sus ojos oscuros horadando los suyos.
- Claire, nunca, nunca podría ser tu culpa – Su voz ronca parece reverberar dentro de Claire, quien no puede ver más que los ojos oscuros frente a ella, cuyo cuerpo ha dejado de temblar con el calor que irradia Quil por oleadas.
Algo de lo que parecía roto entre ellos ha empezado a arreglarse, porque Claire ve en la mirada de Quil que él tampoco ha dejado de pensar en ella, que el lazo que los unió por años, meses y días sigue allí, intacto. Pero su corazón aún no puede latir tranquilo, necesita saber, necesita entender porqué.
- ¿Y entonces, Quil? ¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué dejaste de devolver mis llamadas, por qué me cerraste la puerta, por qué...? ¿Por qué me hiciste a un lado?
En algún lugar la lluvia debe seguir golpeando contra la ventana, en algún lugar los coches aceleran en la calle tocando bocina, en algún lugar el mundo debe seguir girando... pero aquí y ahora, todo lo que ven los ojos de Claire es el rostro de Quil, todo lo que existe se halla en su abrazo imposiblemente cálido. En sus ojos negros ella puede ver el mismo dolor que ella ha sentido en estos últimos meses, como una película rebobinándose a toda velocidad, pero no entiende.
- Claire, créeme si te digo que lo último que quería era lastimarte.
Ella lo sabe, siempre lo supo, pero...
- ¿Es que no lo ves? – Su voz ronca tiene un deje de desesperación – Yo no quería lastimarte. Yo no quería... Yo no pude elegir nada de esto. No es que me queje porque la verdad, probablemente lo hubiera elegido de haber podido... a mí no me vas a escuchar lamentándome por convertirme en un hombre lobo.
Ella casi, casi podría sonreír al rememorar las historias de Jacob Black y Embry Call, quienes aún recuerdan el entusiasmo desmedido de Quil tras su primera transformación. Casi, pero el dolor aún congela sus labios y él lo nota, siempre lo nota porque la estrecha aún más fuerte.
- Pero tú Claire... Tú no tenías porqué pasar por nada de esto. Siempre quise lo mejor para ti, ¿sabes? Y creí que estando allí, todo el tiempo a tu lado podría dártelo pero al cabo de un tiempo me di cuenta que hay cosas que no puedo darte por más que quiera.
- ¿Qué cosas podría querer que tú no...?
- Una vida normal, Claire – Ella abre la boca para replicar pero él la detiene con un gesto – Puede que ahora no te parezca importante, después de pasar años escuchando nuestras historias... pero un día, un día podrías desear una vida normal. Y yo no podría dártela. ¿No lo entiendes? No puedo... No puedo soportar la idea de que llegue un día en el cual tenerme a tu lado pueda causarte dolor – Él se muerde el labio y aparta la vista, como si el mismo pensamiento le quemara.
- Que yo no envejezca físicamente no significa que no sea mucho mayor que tú, no significa que no haya tenido una ventaja sobre ti desde que te conocí. Tuve que alejarme, porque no quería que entre nosotros pasara algo de lo que pudieras arrepentirte, que más tarde te dieras cuenta que estabas conmigo por las razones equivocadas, porque eras demasiado niña, porque nunca hubo un momento de tu vida en que yo no haya tenido influencia sobre ti. No... no podía aprovecharme de ti.
Claire se lo queda mirando con incredulidad por un momento.
Y luego se lo queda mirando un poco más, porque si no puede creer en sus oídos, entonces tal vez tenga que empezar a desconfiar de su vista también.
- Quil, eso es lo más estúpido que te he escuchado decir en muchísimo tiempo. Que yo sepa, la que tiene una influencia injusta y antinatural sobre ti soy yo, no tú.
Los ojos de él se abren como platos.
- ¿Qué...? ¿Quién te dijo...?
Ella pone los ojos en blanco.
- ¿Realmente creíste que nunca deduciría lo de la imprimación, que nunca me daría cuenta...? No soy idiota, ¿sabes?
Quil la suelta y empieza a dar vueltas por la habitación, pasándose una mano por el pelo, dejándolo hecho un desastre.
- No tenías que saberlo. No tenías...
- ¿Por qué no? ¿Por qué no tenía que saber...?
- Porque no quería poner ese peso sobre tus hombros, no quería que te sintieras responsable por mí, que te sintieras obligada a...
A Claire le gustaría decirle que está siendo ridículo pero las palabras no salen de su boca, porque aún recuerda el primer momento de pánico que le atenazó el pecho cuando se dio cuenta que Quil estaba imprimado de ella, porque era su mejor amigo y una de las personas que más quería en el mundo entero... pero saber que toda su felicidad, que todo su mundo giraban en torno a ella era en verdad una responsabilidad casi insoportable.
Quil suspira, toda la energía abandonándolo en ese gesto.
- No quería que te sintieras obligada a mí sólo porque yo estoy imprimado de ti, Claire. Quería... quería que tuvieras la posibilidad de elegir. Quería que fueras libre para hacer lo que quisieras, sin tener que preocuparte por el destino, sin que tuvieras que preocuparte por mí. Quería que fueras libre, Claire.
Sus ojos se encuentran, negro contra negro, y hay tal desesperanza en los de él que ella siente sus brazos arder con el deseo de estrecharlo contra su pecho... pero en vez de eso le da un golpe en el hombro que le duele más a ella que a él, aunque no lo admitiría aún bajo tortura.
- Quil, si serás idiota.
Él se la queda mirando con la boca abierta y a ella le dan ganas de pegarle otra vez, pero todavía le duele la mano.
- A ver, ¿quieres saber por qué Mark cortó conmigo? ¿Quieres saberlo?
Es una pregunta retórica, por supuesto. Y por supuesto que Quil intenta contestarla.
- Claire, no tienes que contarme nada si no...
Ella lo calla con una mano sobre su boca, impaciente.
- Cortó conmigo porque después de meses de estar juntos se dio cuenta que yo seguía tan distante como el primer día. Que seguiría distante sin importar lo que él hiciera, sin importar cuánto los dos intentáramos hacerlo funcionar... porque no estaba enamorada de él, ¿sabes? Me gustaba porque, bueno, Mark es jodidamente perfecto, ¿sabes? No, claro que no lo sabes, pero te juro que lo es.
Una fugaz mirada herida cruza el rostro de Quil y no es que a ella no le duela, pero necesita decirlo, necesita explicárselo.
– Es comprensivo, es divertido, siempre me escucha cuando me quejo de mis clases, se lleva bien con mis amigos... En todos estos meses él no ha sido más que el novio ideal y, ¿sabes una cosa? A mí no podría haberme importado menos. Porque no importa con cuánta fuerza lo intentara, no importa cuántas veces me dijera que no valía la pena, ni una sola vez en todos estos meses pude dejar de pensar en porqué no devolvías mis llamadas, porqué te habías desvanecido en el aire...
Su mano resbala de su boca para caer sobre su hombro y ella se aferra a él porque no puede hacer otra cosa, aunque las palabras sigan cayendo de su boca, como un dique que una vez abierto no puede volver a cerrarse.
- Durante meses y meses, no importaba dónde o qué estuviera haciendo, porque mi mente nunca dejó de estar aquí, en estas cuatro paredes, porque no importaba lo que pasara, mis pensamientos nunca podían alejarse de ti.
Y entonces ella sonríe, con algo de esfuerzo porque el dolor no se ha ido del todo, porque aún siente deseos de llorar pero está cansada de lágrimas.
- ¿No lo ves, Quil? Alejarte de mí no podía servir de nada porque mi decisión ya estaba tomada, estaba tomada mucho antes de que me diera cuenta, porque si la imprimación hace que yo sea todo tu mundo, entonces tú te las has ingeniado para convertirte en el mío.
Él tiembla bajo su mano, como si no pudiera creer en sus palabras, como si no se atreviese a creerlas. Abre la boca para decir algo... pero Claire ya ha tenido palabras suficientes para toda una vida. Les ha llevado exactamente dieciocho años, tres meses y once días desde que ella lo eligió por primera vez para llegar a este momento, y Claire decide que no piensa esperar ni un nanosegundo más.
El beso no es uno de esos de película, en donde los labios encastran de una como por arte de magia, los brazos se funden en un abrazo con la naturalidad de un arroyo y la música de violines se eleva en el trasfondo. Es un beso torpe, porque él es mucho más alto que ella y Claire calcula tan mal el ángulo que en un principio sus labios chocan contra su barbilla, y él está tan sorprendido que intenta dar un paso atrás, lo que hace que ella trastabille hacia delante, sacudiendo los brazos como molinos para no caer...
Los reflejos de él la atrapan antes de que caiga y sus ojos se encuentran, una corriente eléctrica más fuerte que un relámpago cruzándose entre ellos y cuando él se inclina hacia delante y posa sus labios sobre los suyos no hay música de violines ni un paneo circular de la cámara a su alrededor, no aparecen los títulos finales ni el mundo se sume en la oscuridad de la sala de cine... pero en ese instante, nada existe para ellos dos que no sea ese beso, que no sea el calor de sus brazos, el aire que el otro exhala. En ese instante no hay dudas, no hay dolor, los últimos meses, los últimos años se han desvanecido o quizás se han fundido en una sola milésima de segundo, una milésima que durará un eón, una milésima que abarca el choque de dos satélites que han encontrado una nueva órbita.
Después vendrán las disculpas de él que ella callará con otros besos, después ella se reirá de él y lo llamará acosador cuando él le explique que no pudo permanecer alejado de ella durante todos estos meses y en cambio siguió observándola, siempre de lejos, después él insistirá en que ella morirá de una neumonía si no se da una ducha caliente y una sonrisa traviesa curvará los labios de la muchacha cuando lo tome de la muñeca para arrastrarlo con ella bajo el agua ardiente...
Después habrá miles de mañanas de sol y de tempestades, tardes en el sofá y con el viento en el rostro, después habrá otros besos, otros abrazos, después llegarán las sonrisas aliviadas de sus amigos y el comienzo de un camino en común que decidieron emprender a dúo...
Después vendrá el resto de su vida pero por ahora, a sus veinte años, diez meses y dieciséis días, Claire sabe que no hay lugar en el mundo donde quisiera estar que donde se halla ahora, entre los brazos de Quil, en un beso que funde en un instante todas las estaciones, todos los días y los meses que les llevó llegar hasta este momento.
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