Parte 1 - Parte 2
Claire tiene trece años, seis meses y veintidós días cuando se encuentra sentada en la cocina de su tía Emily, enfrentándose a lo que parece ser un frente unido formado por su tía, su marido y Quil. Claire piensa que le recuerda vagamente a una conferencia de prensa sin fotógrafos ni micrófonos o tal vez una de esas Juntas disciplinarias que tanto le gustan a la directora de su escuela, sólo que ella no puede recordar nada malo que haya hecho últimamente y los que intercambian miradas de nerviosismo son ellos.
Tiene una vaga idea de qué va todo esto, pero no ve cómo sus preguntas hayan podido suscitar una reacción tan seria. Porque ella sabe que esto es meramente la punta del iceberg: hace una semana que sus tíos y Quil celebran conciábulos a puertas cerradas o a través de líneas telefónicas, incluyendo por algún motivo extraño a Jared y su esposa, a los primos Clearwater, a Paul Rivers y hasta a Jacob Black, y a Claire no le sorprendería que hubiera aún más gente involucrada en el asunto. Es todo muy, muy extraño.
El tío Sam se aclara la garganta y ella clava en él sus ojos oscuros. Aparentemente será él quien lleve la voz cantante y ella no puede decir que le sorprenda. Por algún motivo misterioso, el tío Sam siempre parece ser la voz de mando en La Push, aunque no pertenezca al círculo de los ancianos.
- Claire, la razón por la que estamos aquí es, como tal vez te imagines, para responderte algunas de las preguntas que le hiciste a tu tía el otro día.
¿Y para eso necesitaban toda esta parafernalia?, se pregunta y se le hace un nudo en el estómago. ¿Y si la situación es mucho más grave de lo que ella creyó en un comienzo? Mira de reojo a Quil. Quizás su vista le engañe, pero él parece estar bien. Se retuerce las manos bajo la mesa con nerviosismo y apenas puede mirarla a los ojos, pero parece estar físicamente bien. No tiene un aspecto enfermizo, al contrario, cualquiera diría que tiene la fuerza necesaria para demoler una pared con sólo sus brazos. Pero, ¿y si no es así? ¿Y si sus peores sospechas fueran ciertas y...?
- No pongas esa cara de susto, linda – le dice tía Emily con voz dulce, tomando una de sus manos entre las suyas y dándole un apretón – No hay nada de qué asustarse.
Claire es, a sus trece años, seis meses y veintidós días, lo suficientemente despierta para darse cuenta que la mirada en los ojos de su tía contradice sus palabras y se asusta aún más, aunque hace un esfuerzo denodado por disimularlo.
- Y entonces, ¿qué pasa? – pregunta, sin poder ocultar su impaciencia. Sea lo que sea, prefiere saberlo de una. Tía Emily intercambia una mirada suplicante con su esposo, aunque Claire no puede entender qué es lo que le está pidiendo con la mirada. El tío Sam parece sombrío y el rostro de Quil, su Quil, se ha vuelto inescrutable hasta para ella. ¿Qué sucede aquí?
- No hay nada de qué asustarse – repite su tío, su voz más firme que la de su mujer – pero eso no significa que no se trate de un asunto muy serio. ¿Me entiendes, Claire?
La chica asiente, pero cada vez entiende menos, sobre todo cuando recuerda cómo comenzó todo. Un proyecto para la escuela, así de sencillo. Un proyecto para el cual tenían que hacer un álbum de fotos que narrase la historia familiar. Claire se puso a ello, revolviendo en cajas polvorientas y álbumes olvidados, recolectando fotos de la juventud de sus padres y su casamiento, el nacimiento de su hermana mayor y el suyo propio. Buscó fotos también de sus abuelos, sus tíos y primos, y hasta de Leah y Seth, que en realidad son primos de su papá pero que aún así ella siempre los ha sentido cercanos.
Y por supuesto, en muchas de esas fotos aparece Quil. ¿Cómo podría ser de otro modo, si fue siempre una constante en la infancia de Claire? A ella le parece increíble que haya habido algún momento en su vida en el cual él no estuviera a su lado para hacerla reír y escuchar sus problemas, llevarla al cine o tomarle el pelo. Le importaba poco o nada que no estuviera emparentado con ella ni por lazos de sangre ni de matrimonio, ella pensaba incluirlo en su álbum familiar opinara lo que opinara la profesora.
Pero algo en esas fotos no estaba bien. Al principio no se dio cuenta, pero cuando empezó a poner una junto a otra en una línea temporal un escalofrío le recorrió la espalda. En todas ellas aparecía Quil, con la misma sonrisa traviesa, los mismos ojos chispeantes, los mismos brazos fuertes que ella le conoció siempre.
Exactamente los mismos.
En casi doce años, Quil Ateara no ha cambiado absolutamente nada. Claire nunca se fijó, porque la familiaridad hace que esos detalles se pierdan y sus padres son siempre los últimos en darse cuenta que ella ha crecido otro centímetro, pero las fotografías no mienten. A medida que Claire gana en estatura y su rostro pierde las mejillas redondeadas de la infancia, a medida que su cuerpo cambia y se transforma, Quil permanece igual. Algunas hebras grises aparecen en los cabellos de sus padres, las piernas y los brazos de Mandy se alargan inexorablemente, sus primos más pequeños dejan atrás la primera infancia al ponerse su uniforme de escuela... pero Quil permanece exactamente igual.
Al principio, no quiso darle importancia alguna. Hay personas que envejecen lentamente, todo el mundo dice eso de su tío Sam, después de todo. Pero nadie permanece incólume durante tanto tiempo si no se lo conserva en formol, le dijo una vocecita irritante en su cabeza y cuando empezó a tener pesadillas en las que Quil moría de una extraña enfermedad cuyos únicos síntomas parecían ser la juventud eterna y la elevada temperatura corporal, decidió preguntarle a tía Emily, porque su propio miedo le impedía preguntárselo a su amigo directamente. Tía Emily le aseguró que Quil no estaba enfermo, pero empezó a actuar tan raro que no puede evitar preguntarse si no le habrá mentido descaradamente.
Y ahora están aquí, en la cocina de la tía Emily donde han tomado lugar tantos recuerdos familiares, ahora convertida en un lugar silencioso y casi lóbrego con los rostros sombríos de Quil y sus tíos mirándola desde arriba.
- Tienes que entender – enuncia su tío Sam lentamente, sus ojos oscuros horadando los suyos – que nada de lo que se diga aquí puede salir de esta habitación. No puedes hablar de esto con nadie, a menos que sea alguien que ya conozca el secreto, y cuando digo nadie, realmente quiero decir nadie. No puedes contárselo a tus amigas, ni a tu hermana, ni siquiera a tus padres. ¿Está claro?
Claire mira con ojos enormes y sorprendidos a su tío, y su mirada se fija luego en su tía, que parece comprender su confusión pero guarda silencio, y luego en Quil, quien asiente apenas con la cabeza.
- ¿Es... es algo malo?
Los tres adultos intercambian una mirada y la del tío Sam se vuelve sombría.
- No... necesariamente. Es sólo... complicado.
Y entonces empieza a hablar sobre antiguas leyendas que Claire ha venido escuchando desde niña pero a las que nunca les ha prestado atención alguna. Y sin embargo, por más extrañas o estrafalarias que suenen las historias sobre hombre lobos y la gente fría cuando son pronunciadas a plena luz del día, las piezas del rompecabezas empiezan a encajar. Una docena de detalles en los que tendría que haberse fijado antes aparecen ante sus ojos y quisiera golpearse la frente por idiota. Su tío Sam le cuenta sobre sus ancestros que se convertían en lobos para proteger a la tribu, habla sobre los monstruos bebedores de sangre, los descendientes llamados una vez más para soportar la carga de su herencia... Claire lo escucha, casi conteniendo la respiración, y no se da cuenta que Quil la está observando con la misma intensa fijeza con la cual ella mira a su tío, fascinada.
Su tío termina de hablar y se la queda mirando un momento, sus ojos horadando los suyos.
- Sé que es mucha información para digerirla toda de golpe – dice con suavidad, casi como si ella fuese una niña pequeña... o una criatura salvaje a punto de lanzar un zarpazo. Por las miradas mitad aprensivas, mitad preocupadas que le dirigen su tía y Quil, Claire empieza a sospechar que ellos esperan que salga corriendo, se ponga a gritar o simplemente se lleve una mano a la frente y se desmaye como en las películas románticas en blanco y negro.
Como se quejó alguna vez su maestra de tercer grado, Claire nunca ha sido dada a cumplir con las expectativas.
- ¿Y por qué no envejecen? ¿Cualquiera que descienda de Taha Aki puede transformarse? ¿Dura para siempre? ¿Sigue habiendo fríos por ahí?
Los tres adultos se la quedan mirando, atónitos. Por una vez hasta el tío Sam ha perdido su aplomo habitual.
- Claire – empieza a decir en tono dubitativo, como si no estuviera seguro de cómo ordenar sus palabras - ¿no estás... asustada?
La chica pestañea, confundida.
- ¿De ustedes? Pero, si son mi familia...
Quil, quien aparentemente al ver que ella no va a ponerse histérica ha recuperado algo de su humor habitual, se ríe entre dientes.
- Y menuda familia te ha tocado, pequeña...
Ella le dedica una sonrisa, porque le es imposible no sonreírle a Quil y ahora que sabe que él estará bien la cocina le parece un lugar mucho más cálido, más luminoso, seguro.
- No la cambiaría por nada del mundo.
Por primera vez en lo que va de la tarde, él parece lo suficientemente animado para esbozar una leve sonrisa, una nueva luz destellando en sus ojos oscuros.
- Me alegra saberlo – dice él en voz baja. El tío Sam se aclara la garganta.
- Bueno, Claire – Los dos dan un respingo y se dan vuelta a mirarlo. Por algún motivo, la tía Emily tiene que cubrirse la boca con la mano para ocultar una sonrisa - ¿Cuál de tus doscientas preguntas quieres que te responda primero?
El resto de la tarde se la pasan devorando los dulces de la tía Emily mientras Claire los ametralla a preguntas. No se sorprende cuando descubre que los primos de su padre y tía Emily también están en el ajo y ahora comprende porqué todo el mundo trata a su tío Sam y a Jacob Black como si fueran los jefes de la tribu. Sí se sorprende cuando se entera que pueden comunicarse con el pensamiento (Genial, debe ser divertidísimo) y cuando se entera que Quil era apenas unos pocos años mayor que ella cuando se convirtió en protector de la tribu. La tía Emily saca del fondo de un cajón un cuaderno ajado y amarillento, donde con su cuidada caligrafía se encuentran las leyendas tal cual las narró Billy Black años atrás, y ahora que sabe que a Claire no le dará un ataque de pánico Quil regresa a su buen humor habitual y la entretiene con anécdotas espeluznantes sobre su vida como licántropo.
La atmósfera es ahora mucho más relajada, y hasta el tío Sam se ríe de vez en cuando al desenterrar alguna historia particularmente bizarra. Sólo en un par de ocasiones regresa la tensión al ambiente, los rostros de los adultos tornándose sombríos. La primera vez Claire es capaz de darse cuenta que ha metido la pata ni bien las palabras salen de su boca, pero es demasiado tarde para retirar lo dicho.
- ¿Y qué pasó con el último aquelarre de fríos?
Un estremecimiento parece recorrer a los tres adultos sentados alrededor de la mesa, quienes intercambian miradas oscuras.
- Se fueron – contesta el tío Sam, en un tono que no anima a hacer más preguntas al respecto. – Difícilmente podrían haber seguido viviendo en Forks mucho tiempo más sin que nadie se diera cuenta de lo que eran en realidad.
Claire asiente, porque después de todo suena razonable, aunque sospecha que hay otra historia, más intrincada y oscura, tras las palabras de su tío. Pasará algún tiempo antes que llegue a oídos de Claire la historia de Bella Swan, la muchacha que prefirió renunciar a su humanidad para unir su existencia a la de los fríos al coste de su propia vida. Claire nunca terminará de entender aquella historia. Un día aprenderá lo que significa enamorarse de verdad, pero por más años que transcurran jamás podrá comprender un amor que en vez de dar vida sólo proporcione muerte.
La segunda vez que un silencio avasallante cae sobre la cocina se produce cuando Claire inocentemente pregunta:
- Tío, dijiste que el lazo entre Taha Aki y su tercera esposa era especial. ¿Por qué era eso?
La tía Emily da un respingo y Quil se pone pálido. El tío Sam por una vez parece realmente incómodo ante su pregunta y para su sorpresa, duda antes de hablar y mira primero a Quil, quien niega rápidamente con la cabeza, y luego a su mujer, que se gira hacia su sobrina:
- Claire, cielo, entiendo tu curiosidad pero... mejor dejamos esa historia para otro momento, ¿no te parece? Ya tuviste suficientes emociones en un día.
La chica está a punto de protestar cuando el tío Sam le señala la hora.
- Se está haciendo tarde, Claire, y mañana tienes colegio. Será mejor que vayas yendo a tu casa.
Su tono es tan categórico que no admite réplica alguna, y de todos modos ya está allí Quil junto a ella, con su abrigo en una mano y las llaves del auto en la otra. Claire entorna los ojos y él tiene la decencia de parecer un poco culpable.
Ella se siente un poco molesta. ¿No ha demostrado acaso que es capaz de encajar lo que sea que le cuenten? ¿Por qué pueden confiar en ella para tantas cosas pero no para que conozca una historia de amor que debe tener siglos? Súbitamente tiene la sospecha que todo lo que le han contado es una forma astuta y hábil de enmascarar aquella única información que le es vedada, aquella última pregunta que se rehúsan a contestarle y cuya respuesta ella tiene la certeza que es vital.
A sus trece años, seis meses y veintidós días, sin embargo, Claire sabe reconocer una batalla perdida cuando ve una y presiente que esta vez ni siquiera Quil cederá para darle la respuesta que ansía. Se resigna a que Quil intente caballerosamente ayudarle a colocarse el abrigo y se ofrezca a llevarla a su casa.
El viaje en auto tendría que haber sido incómodo, extraño después de los sucesos de aquella tarde, pero Claire y Quil nunca han sido capaces de estar mucho rato en silencio cuando están juntos y ella se sorprende al comprobar cómo los hechos más inverosímiles y sobrenaturales pueden mezclarse en una conversación sobre su próximo partido de básquet y sus planes para las vacaciones. Claire se atrevería a decir incluso que su charla es mucho más animada de lo que ha sido en las últimas veces que estuvieron juntos, porque el temor de ella por la salud de su amigo se ha disuelto en su pecho, porque Quil ya no carga con el peso del secreto sobre sus hombros. El aire se ha aclarado entre ellos, libre de miedos y recelos, pero Claire nota que mientras maneja Quil la mira de reojo, una expresión indescifrable en sus ojos oscuros. Ella tiene la sensación de que ahora es él quien quiere preguntarle algo y no se atreve.
Cuando el auto se detiene frente a la casa de Claire, ella no baja de inmediato. En cambio mira a Quil, esperando a que su amigo junte el coraje para hablar. Él parece darse cuenta porque se ríe entre dientes.
- Me conoces bien, pequeñaja.
Claire pone los ojos en blanco del modo en que sólo una treceañera puede hacerlo porque vamos, si lo conoce de toda la vida. Se ha aprendido ya todos los manierismos, todas las expresiones, podría escribir el diccionario Inglés-Quil Ateara, Quil Ateara-Inglés.
La risa muere pronto en los labios de Quil, que vuelve a mirarla de soslayo, como si no se atreviera a encontrarse con sus ojos. Sus dedos tamborilean sobre el volante y su nerviosismo empieza a contagiársele a Claire. Ella quiere preguntarle qué le pasa, pero presiente que esta vez será mejor dejar que él encuentre las palabras adecuadas antes de intervenir.
- ¿No tienes…? Claire, yo sé que eres valiente y me alegra que te lo hayas tomado tan bien pero… ¿Estás segura de que no estás asustada? No tienes que ocultármelo si sientes miedo, sabes que no me molestaré…
Claire abre la boca para responder que por supuesto que no tiene miedo, pero eso no sería del todo sincero y ella no puede mentirle a Quil.
- Es que… es todo tan extraño – susurra y Quil se inclina para escucharla mejor – Siempre pensé que todas esas leyendas eran una tontería y ahora resulta que son verdad y es… raro.
“Raro” no alcanza a definirlo: extraordinario, increíble, espeluznante serían palabras más adecuadas para describir el universo que Claire acaba de descubrir, universo que pone todo lo que ella siempre supo de cabeza.
- Y me gustaría ser más valiente pero… me da algo de miedo – admite al fin, porque cuando mira en los ojos de su amigo más antiguo las mentiras, aunque sean piadosas, no logran salir de su boca.
Quil fija la vista al frente. El suspiro que escapa de sus labios no logra relajar sus músculos tensos.
- Yo… Entiendo. No tienes que excusarte, Claire – agrega, cuando ve por el espejo que ella ha abierto la boca para hablar – Lo que sientes es perfectamente natural y nadie… yo no te forzaré a que lidies con algo que no puedas manejar, ¿vale? Yo sé que… Quiero decir, es normal que no puedas… Que no me veas de la misma manera que antes y entiendo… - La voz de Quil se vuelve un murmullo quedo, como si le arrancasen las palabras con tenazas, como si cada sílaba que cayese de su boca fuera una agonía – Si no quieres verme, si necesitas tiempo, yo… Puedo entenderlo, ¿sabes?
Claire se lo queda mirando con la boca abierta porque es la primera vez en trece años, seis meses y veintidós días que ve a Quil (amigo, cómplice, protector) y piensa que es un completo idiota.
- Quil Ateara, si serás zoquete – Para dar mayor énfasis a sus palabras, le da un golpe en el brazo, lo cual es como darle un puñetazo a una pared de granito extrañamente cálida – Tengo miedo por ti, no de ti. ¿Por quién me tomas?
Quil gira para mirarla tan bruscamente que su cuello cruje de una manera que no puede ser sana, sus ojos abiertos de par en par, como si no se atreviera a creer lo que escuchan sus oídos.
- Entonces, tú… Tú no… ¿No me tienes miedo? ¿No… no crees que soy un monstruo?
Con la experiencia que le dan sus trece años, seis meses y veintidós días, Claire pone los ojos en blanco pero Quil por una vez parece tan desvalido que en vez de responderle con palabras, le echa los brazos al cuello con la misma soltura que lo hizo desde que tenía dos años y él le ayudaba a construir castillos con cubos de colores.
- Tú eres mi ángel de la guarda, ¿recuerdas? – susurra en su oído – Nunca, nunca serás un monstruo.
Y la risa de Quil retumba en su pecho y se le contagia a ella, y los dos ríen tontamente porque en un parpadeo todas las dudas, todos los miedos, han desaparecido.
Parte 4